Nacionalismo al palo*

Los festejos en el marco del Bicentenario generaron diferentes sensaciones. Por un lado, el reflejo de una sociedad que lució por demás unida para celebrar el dichoso acontecimiento y por otro, la impresión de estar ante la presencia de una cuota de chauvinismo. ¿La proximidad del Mundial colaboró para que se produjera ese “fenómeno”?

Doña Rosa, ama de casa del Barrio 180, adornó su casa como en cada fecha de celebración nacional. Banderas en la puerta de entrada y una más grande que colgaba desde el techo. Sí, hasta se las ingenió para treparse hasta la terraza del garaje y poner la bandera más celeste y más blanca para mostrarle al barrio todo su amor por la insignia patria.

Estimulada por lo que estaba pasando en Buenos Aires, se vio reflejada por lo que el Bicentenario producía en la sociedad. La parafernalia que acto tras acto se genera, la fue condicionando para el resto de los actos patrios. Para sentirse parte de eso, es que con gran dedicación mantiene impoluta la gran celeste y blanca. El sentimiento de comunión, hermandad y fraternidad, le recordaban aquellos años en los que el país vivía otra realidad.

Tanto afecto le generan esos colores que hasta se vio en un conflicto con el menor de sus tres hijos. Después de pedirle que sacara la basura, el niño la colgó en la reja más alta para que el perro no hiciera de las suyas con las bolsas y las reciclables se acercaron por demás a la bandera. ¡Para qué! Gritos y cuestionamientos respecto a la falta de respeto hacia la insignia que Belgrano nos legó. Martín miraba estupefacto y después de un ratito se fue para el cuarto con el gesto de quien no entiende semejante alboroto por un pedazo de tela.

Este caso tal vez sea el que muestre el nacionalismo en su faceta más noble, si se quiere. La señora que cuelga su bandera y nada más. Que se pone orgullosa de ser argentina y punto. Que no espera que el gobierno de turno brinde un discurso con un par de palabras que le endulcen el oído para sentirse patriota.

En el centro de la ciudad, mientras tanto, se estaban llevando a cabo los festejos organizados por el municipio. El acto y posterior desfile que se realizó por la Avenida Independencia a la altura que es cortada por la Avenida Libertad fue un simbolismo bien logrado para celebrar doscientos años de historia. El intendente Gustavo Pulti arengó a los presentes con un “¡Viva la Patria!” multiplicado por tres que dio origen al aplauso que seguro se pudo escuchar desde varias cuadras a la redonda.

Diferentes colectividades, instituciones públicas y privadas, las fuerzas armadas, sobrevivientes de la guerra de Malvinas -entre otros- desfilaron bajo la atenta mirada de los marplatenses y turistas que se dieron cita. Por unas horas no existió el “bolita”, el “brazuca”, el “paragua” y todos esos calificativos con los que la mayor parte de la sociedad se refieren a los habitantes de los países hermanos o los latinoamericanos. Aquellos hombres que se caracterizaron con galera y sacos largos no fueron un link directo para con los recepcionistas de un lujoso hotel de “la feliz”. Todo era ideal, si hasta el “sol del veinticinco” asomó por momentos.

Las patriotas del siglo XXI se acuerdan de los colores tan solo para este tipo de conmemoraciones. Y para colmo tienen como soporte el advenimiento del mundial (en catorce días empieza), que pone más en evidencia el nacionalismo o chauvinismo. Ahí sí que los países se transforman en enemigos a vencer a como de lugar, porque si no “te quedas afuera” del gran acontecimiento que te da una revancha cada cuatro años. Es mucho. Bilardo y Menotti juntos, a “los brazucas hay que quitarles la copa de una buena vez”, podría sentenciar cualquier argento amante de la redonda en el verde césped.

Las publicistas, que explotan cuanto recurso tienen a mano, invaden todos los espacios posibles para llenar con los colores que nos representan y generar la sensación de que sí o sí se debe estar pendiente del devenir del seleccionado en Sudáfrica. Hasta aquellas que todo el año se mantienen alejadas de deporte, se predisponen a reunirse frente al televisor envueltas en la celeste y blanca.

Ya sea por el Bicentenario, nueve de julio o el mismísimo mundial, en todas las esquinas se observan con buenos ojos a aquellas “busca vidas” que al grito de “hay gorro, bandera, vincha” buscan el mango que les permita llegar a fin de mes. O zafar un par de días. Ellas sí que están lejos de festejos, nacionalismos exacerbados y discursos complacientes.

¿Y después qué? En principio, volver al vertiginoso ritmo de vida, en el que la sociedad se ve sumida. Molestarse por la vendedora ambulante que ocupa lugar en la vereda e impide llegar a destino a tiempo. En poco más de un mes, olvidar el porqué se movilizaron para celebrar. Ni hablar si se presenta la desgracia de que el seleccionado no pase la primera fase. A buscar la naftalina para que la bandera aguante hasta que se retome el nacionalismo. Tal vez hasta se necesiten que pasen por lo menos cuatro años más.

Una vez que se termina de pronunciar, la expresión “doscientos años no se cumplen todos los días” pierde la fuerza con que se intenta justificar las actividades que originaron tales festejos. Si bien el acontecimiento en sí amerita que se celebre, la reacción que causó en gran parte de las argentinas es como mínimo exagerada. No se pretende imponer un límite a los márgenes de festejos, ni mucho menos exigir solemnidad ante algo que merece ser homenajeado. Ya sea por la patria, por la camiseta y poco más, el nacionalismo argentino tiene ese no se qué. De promesas y llantos, de la frialdad de un saludo cotidiano con el vecino que de la nada se cambia por un abrazo fraterno tras el gol de Palermo en el último minuto.

La firmé en el veinte-diez para el portal digital del instituto en el que estudié.

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